Todos sabemos la historia detrás de los sueños. Según Freud, es la "energía libidinal almacenada por el inconsciente y concebida por él a través de interpretaciones..." y la explicación sigue y sigue. Si, admito que he tenido uno que otro sueño donde la energía libidinal como tal se expresa, pero creo este no es el caso, ya que amanecí seco y pues, honestamente, con un nudo en la garganta (aunque hay veces donde la energía libidinal se expresa de manera física, y terminas igual). En fin, ese no es el punto. Mi punto es que tuve un sueño. Si, aquella persona que se le ocurrió escribir esto a las 12 de la mañana tuvo un sueño. Se plasmó frente a mí la noche de ayer, mientras dormitaba, y me mantuvo tan inquieto todo mi día que me obligó a escribir.
Este sueño, del cual hoy vengo a contarles, como cualquier historia en cualquier momento del transcurso del tiempo, tiene un pasado, y sin ese pasado tal historia sería un cuentillo sin sentido. Omitiendo la frase característica de "La Historia Interminable", ("...deberá ser contada en otro momento y en otra ocasión") me daré la oportunidad de comenzar por ahí.
Ya por ahí de la nueva década de los noventas (26 de Abril, para ser exactos), donde todo se convirtió a luces brillantes, colores neón, mangas flojas y polos fajadas con lentes redondos, nació un individuo, de aproximadamente 2.8 kg de peso, llamado Víctor. ¡Sí, ese soy yo! En fin, pasó el tiempo, aprendí a controlar esfínteres, gatear, caminar, decir "Cuautla" y "Periódico". Así de rápido pasó: una devaluación, un nuevo peso, dos presidentes diferentes (y uno asesinado), la creciente importancia de la ecología, el auge del Internet, Shakira, La Navidad con las Ardillitas, el cambio del torna mesa al CD, la batalla del Beta al VHS, el TLCAN, la caída de la URSS... en fin, la lista sigue y sigue.
Fue el día del 5 de Agosto de 1996, cuando éste pequeño hijo de la vida al padecer asma y otras cosas, tuvo que forzosamente mudarse a la Ciudad de la Eterna Primavera, Cuernavaca Morelos. Nos mudamos a una casa en específico, la cual es el centro de éste texto… Laurel 133 (Antes 503). Fue tal el impacto que me causó a mi pobre persona (e inconsciente, como veremos a continuación) el cambio de un departamento miniatura en la ciudad más contaminada del mundo, a una casa de (yo calcularía, ya que viví hasta mis once ahí) unos 1,500 o 2,000 metros cuadrados los cuales la mayoría eran jardín. Dos perros, clases de guitarra privadas, árboles de nísperos, naranjas, limas, limones, Tombling, cancha de básquet, mucho lodo para jugar, fuertes lluvias y vientos fueron mis acompañantes durante cinco años. Años los cuales, no lo había pensado, marcarían mi inconsciente, de lo cual yo me daría cuenta años después.
Ya contada la historia, vamos a mi sueño. Rondaba por los rumbos de Rancho Cortés, con algunos amigos, cuando pasé por el portón de mi antigua casa. Era blanco ya, a diferencia del rojo característico. Pensé que bueno, probablemente ya habría nuevos dueños. No me preocupé por eso, más bien me enfoqué en tocar el timbre… ¡vaya que me costó trabajo! Al contestar, los dueños me esperaban. Me abrieron la puerta y me dejaron pasar. ¡Sorpresa la que me llevé al entrar! Primero, las paredes ya no eran del característico ladrillo rojo, sino un extraño café disimulado con blanco. El garaje estaba pues, un poco más limpio, y habían construido dos pisos más sobre la casa. Ellos, según me confesaron, ya no vivían en el piso de abajo, ya que les ocasionó problemas ya que estaba embrujado. Y eso, fuera de mi sueño, no lo dudo… viví muchas cosas en esa casa que no comentaré por el momento. Mi antiguo perro, que hace poco me avisaron que falleció, se encontraba ahí, lo cual me reconfortó muchísimo, pues sabía de buena fe que se encontraba bien. Mientras Chazz (el perro) se retorcía jugando con su “Kong”, yo me dirigí con los dueños a la casa. Entre por la puerta corrediza (vaya, ¡ya no costaba trabajo abrirla!), la cual todavía era blanca, y subí por las escaleras. Tres, nada más, para llegar al pasillo principal. Al lado derecho se encontraba la habitación de mis padres, con su antigua tele Sony y cama tan cómoda como no he conocido jamás. Un poco empolvadas las cosas, pero nada más. Al lado izquierdo, había dos caminos: o las escaleras, donde en un cuarto se encontraba mi abuela, esperándome, y el otro, en el nivel principal, el cuarto de mi hermano. Cerrada la puerta, por supuesto, él tan rebelde que nunca salía más que para comer.
Pero mi atención se centró en una puerta, más allá de la de mis padres, cerrada. Es mi cuarto. La vi, la observé con tanto detalle que recordé hasta la pintura despegada por todo lo que en algún momento llegué a pegar ahí. Los dueños me comentaron que no habían podido abrir la puerta puesto a que estaba esperando a su legítimo dueño, con lo cual no pude esperar y tomé unas llaves (quien sabe de dónde c*** me las saqué, pero bueno, es un sueño) y las introduje para abrir la puerta. La chapa dorada abrió, y me deslumbró el ver mi cuarto: no era el cuarto de siempre, si no una versión entre mudada a mi actual vivienda y no, extraña imagen que se quedó, pienso ahora. Mis tortugas estaban ahí, encima de mis cajones de plástico negro. Del lado derecho, mi mueble de madera y mi escritorio, con la Macintosh (porque si, todavía era Macintosh), una pequeña televisión blanca llena de stickers, y nada más. De frente, un ventanal con vista hermosa al patio. Del lado izquierdo, mi cama, con la colcha infantil que aún uso. Me causó cierta conmoción y una increíble nostalgia (que al parecer los sueños tienden a engrandecer) ver mis cajones llenos de juguetes, como por ejemplo mi perdido Pókemon Picachu (tipo Tamagotchi) que perdí en esa mudanza y nunca supe donde dejé. Al ver el patio, no lo noté tan grande como antes, sino la verdad bastante pequeño. Algo tenía que estar mal… ¡y lo estaba! Corrí al comedor, y noté que ahora los dueños habían construido hacia el jardín, construyendo una sala más grande (¿necesitaban una MAS GRANDE?) y un comedor amplio donde cabían más de treinta personas. ¡La casa de había comido al jardín! Salí por la puerta, la cual ya no era la misma, y noté que el jardín había quedado empequeñecido, y su característica forma alongada había quedado en el olvido. Observé los dos pisos superiores y se veían asquerosos, odié a los nuevos dueños por hacerle tal daño a la casa que había representado mi pasado como persona. Los árboles de frutas habían sido cortados para dar lugar a mesas donde la gente compraba tacos de canasta y los comía con regocijo. La cancha de básquet seguía intacta, y el consultorio de mi mamá que se encontraba en la parte de abajo de la casa (sería muy difícil explicarles la distribución, el terreno era muy irregular) ahora era usado como bodega y estaba repleto de cajas llenas de alacranes. Me sentí atacado por olas tras olas de dolor intenso en el corazón, una punzada constante que no me dejaba en paz. Mi pasado había cambiado, y no había nada que hacer. Ahora los dueños controlaban mi pasado y pasé por nostalgia, tristeza, enojo, angustia, y de regreso. No tuve más remedio que tirarme al pasto y llorar… mi casa había desaparecido. No tendría mejor explicación que esa. Desperté aproximadamente a las 4:32 de la madrugada, empapado en sudor.
¿Qué puedo concluir de éste sueño? Pues, primeramente, que las cosas cambian y el cambio es inevitable. Tuve que desprenderme de un objeto muy valioso para mí en ese sueño: mi casa. Tuve que desprenderme de mi pasado para continuar con mi presente. Fue de las cosas más dolorosas que he presenciado en un sueño, y me mantuvo despierto lo suficiente como para ya no poder conciliar el sueño de nuevo. Sin embargo, entendí lo que una persona siente al despojarse de su patrimonio: arrastra consigo un poder emocional fuertísimo, tan fuerte que ahora entiendo por qué la gente mata por tierras. Además, llegué a una conclusión que me cuesta trabajo aceptar… los seres humanos somos materiales hasta el tuétano.
Pero, aún con mis fuertes lecciones las cuales aún tengo que digerir un poco más, siempre esperaré regresar a esa casa para vivirla un momento más, y darle ahora si su merecido adiós. O quién sabe, igual y esa casa será nuestro punto de reunión para todos aquellos que ya se han ido… y todos aquellos que nos tocará partir un día. Será nuestro punto de reunión un día, donde nos veremos todos, así como lo hicimos en los cumpleaños de mi Vita o de mi mamá, en los eventos de las primas de Guadalajara, o en mis cumpleaños, el cual el diez lo festejé en la completa oscuridad con mi familia y no lo olvidaré jamás… junto a mis padres, mi hermano, mi abuela y mis perros Chazz y Luna. Así lo siento yo. Pero esa será una historia que deberá ser contada en otro momento y en otra ocasión…
Este sueño, del cual hoy vengo a contarles, como cualquier historia en cualquier momento del transcurso del tiempo, tiene un pasado, y sin ese pasado tal historia sería un cuentillo sin sentido. Omitiendo la frase característica de "La Historia Interminable", ("...deberá ser contada en otro momento y en otra ocasión") me daré la oportunidad de comenzar por ahí.
Ya por ahí de la nueva década de los noventas (26 de Abril, para ser exactos), donde todo se convirtió a luces brillantes, colores neón, mangas flojas y polos fajadas con lentes redondos, nació un individuo, de aproximadamente 2.8 kg de peso, llamado Víctor. ¡Sí, ese soy yo! En fin, pasó el tiempo, aprendí a controlar esfínteres, gatear, caminar, decir "Cuautla" y "Periódico". Así de rápido pasó: una devaluación, un nuevo peso, dos presidentes diferentes (y uno asesinado), la creciente importancia de la ecología, el auge del Internet, Shakira, La Navidad con las Ardillitas, el cambio del torna mesa al CD, la batalla del Beta al VHS, el TLCAN, la caída de la URSS... en fin, la lista sigue y sigue.
Fue el día del 5 de Agosto de 1996, cuando éste pequeño hijo de la vida al padecer asma y otras cosas, tuvo que forzosamente mudarse a la Ciudad de la Eterna Primavera, Cuernavaca Morelos. Nos mudamos a una casa en específico, la cual es el centro de éste texto… Laurel 133 (Antes 503). Fue tal el impacto que me causó a mi pobre persona (e inconsciente, como veremos a continuación) el cambio de un departamento miniatura en la ciudad más contaminada del mundo, a una casa de (yo calcularía, ya que viví hasta mis once ahí) unos 1,500 o 2,000 metros cuadrados los cuales la mayoría eran jardín. Dos perros, clases de guitarra privadas, árboles de nísperos, naranjas, limas, limones, Tombling, cancha de básquet, mucho lodo para jugar, fuertes lluvias y vientos fueron mis acompañantes durante cinco años. Años los cuales, no lo había pensado, marcarían mi inconsciente, de lo cual yo me daría cuenta años después.
Ya contada la historia, vamos a mi sueño. Rondaba por los rumbos de Rancho Cortés, con algunos amigos, cuando pasé por el portón de mi antigua casa. Era blanco ya, a diferencia del rojo característico. Pensé que bueno, probablemente ya habría nuevos dueños. No me preocupé por eso, más bien me enfoqué en tocar el timbre… ¡vaya que me costó trabajo! Al contestar, los dueños me esperaban. Me abrieron la puerta y me dejaron pasar. ¡Sorpresa la que me llevé al entrar! Primero, las paredes ya no eran del característico ladrillo rojo, sino un extraño café disimulado con blanco. El garaje estaba pues, un poco más limpio, y habían construido dos pisos más sobre la casa. Ellos, según me confesaron, ya no vivían en el piso de abajo, ya que les ocasionó problemas ya que estaba embrujado. Y eso, fuera de mi sueño, no lo dudo… viví muchas cosas en esa casa que no comentaré por el momento. Mi antiguo perro, que hace poco me avisaron que falleció, se encontraba ahí, lo cual me reconfortó muchísimo, pues sabía de buena fe que se encontraba bien. Mientras Chazz (el perro) se retorcía jugando con su “Kong”, yo me dirigí con los dueños a la casa. Entre por la puerta corrediza (vaya, ¡ya no costaba trabajo abrirla!), la cual todavía era blanca, y subí por las escaleras. Tres, nada más, para llegar al pasillo principal. Al lado derecho se encontraba la habitación de mis padres, con su antigua tele Sony y cama tan cómoda como no he conocido jamás. Un poco empolvadas las cosas, pero nada más. Al lado izquierdo, había dos caminos: o las escaleras, donde en un cuarto se encontraba mi abuela, esperándome, y el otro, en el nivel principal, el cuarto de mi hermano. Cerrada la puerta, por supuesto, él tan rebelde que nunca salía más que para comer.
Pero mi atención se centró en una puerta, más allá de la de mis padres, cerrada. Es mi cuarto. La vi, la observé con tanto detalle que recordé hasta la pintura despegada por todo lo que en algún momento llegué a pegar ahí. Los dueños me comentaron que no habían podido abrir la puerta puesto a que estaba esperando a su legítimo dueño, con lo cual no pude esperar y tomé unas llaves (quien sabe de dónde c*** me las saqué, pero bueno, es un sueño) y las introduje para abrir la puerta. La chapa dorada abrió, y me deslumbró el ver mi cuarto: no era el cuarto de siempre, si no una versión entre mudada a mi actual vivienda y no, extraña imagen que se quedó, pienso ahora. Mis tortugas estaban ahí, encima de mis cajones de plástico negro. Del lado derecho, mi mueble de madera y mi escritorio, con la Macintosh (porque si, todavía era Macintosh), una pequeña televisión blanca llena de stickers, y nada más. De frente, un ventanal con vista hermosa al patio. Del lado izquierdo, mi cama, con la colcha infantil que aún uso. Me causó cierta conmoción y una increíble nostalgia (que al parecer los sueños tienden a engrandecer) ver mis cajones llenos de juguetes, como por ejemplo mi perdido Pókemon Picachu (tipo Tamagotchi) que perdí en esa mudanza y nunca supe donde dejé. Al ver el patio, no lo noté tan grande como antes, sino la verdad bastante pequeño. Algo tenía que estar mal… ¡y lo estaba! Corrí al comedor, y noté que ahora los dueños habían construido hacia el jardín, construyendo una sala más grande (¿necesitaban una MAS GRANDE?) y un comedor amplio donde cabían más de treinta personas. ¡La casa de había comido al jardín! Salí por la puerta, la cual ya no era la misma, y noté que el jardín había quedado empequeñecido, y su característica forma alongada había quedado en el olvido. Observé los dos pisos superiores y se veían asquerosos, odié a los nuevos dueños por hacerle tal daño a la casa que había representado mi pasado como persona. Los árboles de frutas habían sido cortados para dar lugar a mesas donde la gente compraba tacos de canasta y los comía con regocijo. La cancha de básquet seguía intacta, y el consultorio de mi mamá que se encontraba en la parte de abajo de la casa (sería muy difícil explicarles la distribución, el terreno era muy irregular) ahora era usado como bodega y estaba repleto de cajas llenas de alacranes. Me sentí atacado por olas tras olas de dolor intenso en el corazón, una punzada constante que no me dejaba en paz. Mi pasado había cambiado, y no había nada que hacer. Ahora los dueños controlaban mi pasado y pasé por nostalgia, tristeza, enojo, angustia, y de regreso. No tuve más remedio que tirarme al pasto y llorar… mi casa había desaparecido. No tendría mejor explicación que esa. Desperté aproximadamente a las 4:32 de la madrugada, empapado en sudor.
¿Qué puedo concluir de éste sueño? Pues, primeramente, que las cosas cambian y el cambio es inevitable. Tuve que desprenderme de un objeto muy valioso para mí en ese sueño: mi casa. Tuve que desprenderme de mi pasado para continuar con mi presente. Fue de las cosas más dolorosas que he presenciado en un sueño, y me mantuvo despierto lo suficiente como para ya no poder conciliar el sueño de nuevo. Sin embargo, entendí lo que una persona siente al despojarse de su patrimonio: arrastra consigo un poder emocional fuertísimo, tan fuerte que ahora entiendo por qué la gente mata por tierras. Además, llegué a una conclusión que me cuesta trabajo aceptar… los seres humanos somos materiales hasta el tuétano.
Pero, aún con mis fuertes lecciones las cuales aún tengo que digerir un poco más, siempre esperaré regresar a esa casa para vivirla un momento más, y darle ahora si su merecido adiós. O quién sabe, igual y esa casa será nuestro punto de reunión para todos aquellos que ya se han ido… y todos aquellos que nos tocará partir un día. Será nuestro punto de reunión un día, donde nos veremos todos, así como lo hicimos en los cumpleaños de mi Vita o de mi mamá, en los eventos de las primas de Guadalajara, o en mis cumpleaños, el cual el diez lo festejé en la completa oscuridad con mi familia y no lo olvidaré jamás… junto a mis padres, mi hermano, mi abuela y mis perros Chazz y Luna. Así lo siento yo. Pero esa será una historia que deberá ser contada en otro momento y en otra ocasión…

Que raro sueño..
ResponderEliminarjaja aunque no conocí la casa de rancho cortes, me platicaste mucho de ella..